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jueves, 15 marzo 2018
“Un bosque sin uso es carne de cañón para ser deforestado y dedicado a otra cosa”

Félix Romero

Entrevistamos a Félix Romero con motivo de la publicación de su primera novela, un alegato a la certificación forestal como mejor herramienta para proteger los bosques tropicales, garantizando el desarrollo económico de las comunidades locales y la protección de su biodiversidad.


Felix Romero es responsable de desarrollo de la cadena de valor de FSC Internacional y antes ha sido director regional para Europa de esta ONG comprometida con la protección de los bosques del planeta. Acaba de publicar su primera novela, El árbol de los pigmeos (Círculo Rojo, 2018), donde narra el apasionante viaje de un joven periodista ambiental por varios países de la cuenca del río Congo. Allí visita rincones muy especiales, conoce personajes únicos y vive situaciones insospechadas que le ayudarán a reflexionar (y con él a nosotros) sobre el uso de los recursos naturales en África. Por supuesto, el libro está editado en papel certificado FSC.

¿Qué le ha motivado a escribir esta novela?
Es mi primera novela y digamos que, de manera natural, mi interés personal por África, los bosques y el desarrollo sostenible enlazan las inquietudes de mi presente y pasado profesional con mi aventura literaria. Hay mucho que comunicar acerca de la manera en que utilizamos los recursos naturales, creo que divulgarlo es una labor necesaria, y la literatura es un gran vehículo para ello.

¿Cuál es el estado actual de conservación de los bosques africanos tropicales?
Empeorando. El desarrollo humano en un planeta con siete mil millones de personas devorando recursos naturales afecta seriamente la naturaleza en los países en desarrollo. Estamos achicando los bosques africanos, por el impacto de infraestructuras, de explotaciones mineras, de desarrollos agrícolas, de prospecciones petrolíferas… y también por el impacto de la explotación maderera, cuando esta no se realiza de manera responsable. El dilema entre desarrollo humano y conservación biológica no parece estar resuelto.

¿Piensa que la certificación forestal es la mejor herramienta para garantizar una gestión forestal ambientalmente apropiada, socialmente beneficiosa y económicamente viable de los bosques del mundo? ¿Puede el consumo responsable lograr un mundo mejor?
Creo que es la herramienta más evolucionada que tenemos para hacer transparente lo que ocurre en el bosque, sin ella, damos pie a que las malas prácticas pasen desapercibidas, y eso tiene un efecto muy negativo sobre la imagen de la madera y otros productos forestales. Además, es una herramienta muy eficaz para promover las mejores prácticas entre los gestores, y permite al consumidor implicarse positivamente en el proceso. Con esto no quiero decir que un bosque sin certificar no pueda estar siendo gestionado de manera responsable, pero la certificación forestal lo manifiesta, es ese contrato necesario en el siglo XXI entre gestor forestal, ecología y sociedad.

Sostiene usted que los bosques tropicales están ahora mismo más amenazados por la negación occidental al consumo de su madera que por el consumo mismo. ¿Nos lo puede explicar?
Bueno, es una de las reflexiones que navegan por “El árbol de los pigmeos”. Es evidente que los gobiernos y los inversores ponen dinero donde hay una renta significativa a corto plazo, y los bosques y su biodiversidad, en nuestro modelo contable actual, rentan menos que el aceite de palma, por poner un ejemplo, de ahí que un bosque sin uso, que no produzca en este sistema económico, es carne de cañón para ser deforestado y dedicado a otra cosa.

También defiende el aprovechamiento forestal de un mayor número de especies de árboles tropicales más allá de las cuatro o cinco que en la actualidad tienen interés maderero. ¿No supondría aumentar aún más la presión sobre las selvas?
No es que lo defienda, es otra de las reflexiones que navegan por el libro. En circunstancias de mercado voraz es un riesgo, en otras de menor demanda es una gran ventaja.

¿Qué responsabilidad tienen los países occidentales en las guerras, el hambre, las migraciones, los desequilibrios sociales y ambientales del África central?
Casi todas las calamidades humanas están en mayor o menor medida ligadas al control de los recursos naturales, que suelen valiosos por ser escasos o agotables. Como es sabido, los países occidentales se repartieron África en la conferencia de Berlín de 1885 con ese fin. Así, África, por su condición histórica de colonia europea que, en la práctica, de alguna manera, llega hasta nuestros días, ahora a través de los mercados, es el ejemplo eterno de sociedad expuesta al caos, sin olvidar sus propios conflictos étnicos, también magnificados por la geopolítica del último siglo.

¿Cree de verdad que los espacios naturales protegidos se están convirtiendo, y cito su libro, en “islotes naufragados en mitad del océano”?
Sí, así es, lamentablemente. Fuera de ellos la naturaleza es muy castigada y, con ello, se afecta también a los propios espacios naturales protegidos, porque quedad desconectados entre ellos, hay aislamiento. Muchos procesos ecológicos quedan interrumpidos o mermados por infraestructuras, cultivos intensivos, minería… En África central, aún se está a tiempo de salvar buena parte zonas muy valiosas, pero se necesita mayor diligencia y compromiso.

En esta novela critica un ecoturismo cuya rentabilidad se apoya en el grado mayor o menor de amenaza del espacio que se visita o las especies que sobreviven en él. ¿Tan mal lo estamos haciendo?
Esa es otra reflexión más para el lector. Tendemos a monetizarlo todo. El valor existencial de la naturaleza está perdido en la sociedad y en muchos gobiernos gestores. Sufrimos de analfabetismo medioambiental colectivo, así lo llamo yo, lo que requiere un tratamiento muy urgente para entender que, en última instancia, sin ecología no hay vida. Así, yo creo que el ecoturismo, entendido como turismo organizado a zonas de alto valor ecológico (parques naturales, reservas…) puede ser la menos mala de las actividades humanas en los entornos de muchos espacios de alto valor de conservación, y, sin duda, una herramienta de divulgación, desarrollo rural y conservación imprescindible, pero no está exento de intereses, vicios ocultos, impactos y malas prácticas que hay que controlar y minimizar.

Su libro es fascinante, pero algo pesimista. Ya para terminar, señáleme por favor aspectos positivos que en los últimos años están verdaderamente mejorando en África.
Yo creo que en el libro hay mucho espacio para enamorarse de África, y si eso se consigue, hay espacio para la esperanza, para implicarse e ilusionarse con su desarrollo. Pero tenemos que comprometemos con el uso responsable de sus recursos, con su estabilidad política y con la lucha contra la pobreza.

Es cierto que, refiriéndonos a África central, a mí me cuesta identificar aspectos positivos de desarrollo sostenible consolidados. Hay ejemplos de buena gestión forestal y hay un cierto desarrollo económico, pero es muy insuficientemente aún. Ese desarrollo económico está, a su vez, excesivamente basado en la explotación petrolífera, de la minería y en la expansión de la agricultura, y, aun así, la pobreza no se reduce significativamente, y la naturaleza sigue amenazada.

África sigue siendo, en general, inestable; y también me preocupa que, en la cuenca del Congo, como en buena parte de África, aún estamos por ver el resultado de cambios políticos, muy relevantes, que se tienen que dar próximamente, donde esa suerte de presidentes vitalicios, por su senectud, están ya próximos a su ineludible retirada por cuestiones biológicas, si sirve el símil: Camerún, Guinea Ecuatorial o Congo Brazzaville son tres de ellos. Ojalá esas transiciones se hagan correctamente.


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